sábado, 9 de febrero de 2019

“Como matar girasoles o de otras formas del (des)amor”

“Esto no es una reseña, es más una impresión “en extenso”.
“Van Gogh, en la puerta de la eternidad” no va para ganar el Oscar, ¡claro que no lo va a hacer!
No, y (no)disculpen si decirlo así suena pesimista, pero lo pienso solo por algo simple.
La representación en (otra) película sobre la vida de nuestro pintor neerlandés (por mi parte conozco al menos cuatro,cinco , incluyendo la de este año), en primer muestra la distancia material que hay entre él y nosotros, meros espectadores de esas condiciones de vivir (o sobrevivir) y en muchos otros sentidos (anímicos, profesionales, económicos, sociales, cronológicos, espaciales).
Esta película, sin que haga falta enaltecerla (o no) con algo en particular, habla de eso complejo del vivir.
De eso complejo de intentar hacer (y vivir) de lo que a uno agrada, pero desde un lugar donde no es compartido por nadie más. Y no solo eso, sino que hace mostrar a la gente en explícito descontento. 
La idea romántica (mercantil más que otra cosa) del pintor exiliado, pobre, que vive en el abandono y la locura, sin amigos, que no encuentra el amor de pareja, ese personaje que algunos aplauden, no existe, sino como fantasía idílica en una sociedad del espectáculo.
Vincent se encontraba en un escenario donde todos los días padecía su decisión de vida, de expresión de sí mismo. Donde tenía que repetirse casi en forma de alucinación que valía la pena vivir y valía la pena pintar, solo porque para él lo valía (¿tendríamos que suponer que con esto sería más que suficiente para sentirse feliz?).
Hablar del dolor y del sufrimiento, es hablar de lo que nos pasa a todos, y al hablarlo sobre Van Gogh, es hacerlo sobre un hombre que padecía en silencio, padecía la frustración de no tener permitido ser con nadie y en ningún lugar lo que era
Hablar sobre lo que vivía y padecía (a gritos de pintura e incluso de escritura-ojalá puedan leer sus cartas también) que a todas luces parecía lograr nada, en general y en la vida, ganaba nada. Esa figura “perdida”, en “pérdida”,  podría ser en resumidas cuentas, lo que representaba para los demás. Solamente alguien perdido.
Dentro de cada película que han lanzado sobre él, en cada intento de mostrar (¿querer reivindicar?) su figura no hay forma posible. 
Más allá de que para algunos lo podría merecer, esta película, en particular, tiene quizás la sutil búsqueda de hacerlo, porque si Vincent no fue merecedor de ninguna aprobación mientras vivía, para él, ganada entonces “la puerta de la eternidad”.
Más allá de que compartamos la idea, ¿ no acaso es un poco inservible?, nos reunimos para acompañarle en la pantalla  ¿no acaso él lo necesitó en vida y no ahora, ni en un paraíso futuro, sino ayer, ayer cuando tenía frío, ayer cuando moría de hambre de a poco, ayer cuando se sentía solo, ayer cuando necesitaba compañía, ayer cuando necesitaba con quien hablar, con quien soñar, con quien reír, con quien odiar, con quien llorar, y no ser visto como loco ni apedreado, medrentado ni mandado a hospitales psiquiátricos para no molestar a la gente? ¿Cómo lo merecemos cualquiera de nosotros también?
A veces, pienso, que la gente cree que “conociendo tanto de alguien”, por verle en películas, canciones, fotos, podríamos llegar a comprender su dolor, sentir lo que sintió. Viéndole desde una distancia segura donde solo la fascinación se asoma y no hay más que entendimiento árido. 
Vemos, escuchamos y creemos que nos representa, porque del dolor nadie se escapa, cierto es, y por tanto nos podría pertenecer su historia.
A veces nos pasa, lo pensamos así, acudimos a las personas y objetos así y, a veces, en esa serie de creencias vamos y solo estamos matando el sentir del otro.
Lo hacemos quizás porque nada nos lo impide. En este caso Van Gogh no puede, está muerto, y nada nos detiene para hablar de él, escribir de él, hacer más películas con su nombre, asumir de él o de cualquiera lo que vive o no, padece o no.
Por otra parte, si esto hubiese sido en vida del pintor todo lo que pasa ahora, tal vez pondríamos haberlo tenido con alguna oportunidad de saberle en su descontento o contento, con todo lo que pudiéramos decir al respecto de su obra, ahí hubiéramos tenido para dar algo del respeto que todos merecemos por lo que hacemos, darle la palabra.
Pero, y si viviera aún ¿ya no sería el loco? ¿O lo sería de nuevo porque no vende sus pinturas y sus trazos están fuera de las vanguardias y no tiene amigos poderosos, ni un linaje antiguo y respetable? ¿Tendríamos alguna palabra de aliento para él o solo una serie de nuevas palabras como pobre, inmigrante, vagabundo, enfermo, viejo...diferente?
Hablar de la vida de otros y lo que creemos que les pasa es, en definitiva, un exceso.
Independientemente de todo, bueno, tener nuestra réplica con él es imposible.
Y si continuamos diciendo algo es porque nos conmueve. Sí, también.
Así me encuentro yo, probablemente errando aquí sin más, quizás sobre lo que veo o no de él en mi. Pero lo asumo, asumo qué hay cosas que creo ver pero que también le desconozco completamente, y no, no estoy para defenderlo y tampoco para justificarme.
Solo sé que no me pude guardar estos renglones. Y puedes detener tu lectura de esto cuando quieras.
Y sí, seguro no tengo mas legitimidad en lo que digo que yo misma, para asumir que lo he dicho como equívoco propio y que lo sostengo ante el (dis)gusto de quien (dis)guste.
Intentaré resguardar los sentimientos que él me evoca muy personalmente, porque creo que lo que hagan nacer en cada uno tiene que ser eso, del nacimiento de sí, y no un mandato, no un deber, ni obligación, espero, quizás, que evoque en quien me lee ahora desde la forma más libremente posible, y solo quisiera nombrar algo más que con su historia he pensado.
Nada sabemos del otro, pero las más de las veces se olvida precisamente que no le poseemos, aunque veamos y escuchemos algo de lo que hace o dice. 
Creo que ese desconocimiento completo del otro es lo que produce más incomodidades y termina haciendo que se le lastime a alguien para que diga siempre  “todo lo que piensa”.
¿“Todo”?, ¿”lo que piensa”?, ¡vaya!, ¡que no existe posibilidad de tal cosa! 
Nos encontramos en aproximaciones. Pero jamás atravesaremos los pensamientos de nadie. ¡Nadie!
Eso, eso se llama libertad.

Ojalá pudiéremos contemplarnos más desde ahí que en la creación de barreras y castigos.
Viviendo más con lo íntimo.
Porque quizás, cuando no se forza, algo llega. Por muy abstracto que suene esto, llega algo cuando le es preciso llegar. No antes no después.
Hablo aquí (como espero hacerlo en cualquier lado) desde mi recoveco de mundo que soy. Solo desde mi. Desde aquí y hasta acá te digo que sí, si hablo y he escrito sobre esto y de esto, es porque me mueve y conmueve el tema y desde este telúrico lugar pienso en voz alta más para mí que por algo más.
Escapamos a la comprensión del otro, incluso la de uno mismo. 
Y de la ambigüedad de existir sobreviviremos, a cuestas, en contra, con, sin, para, por el otro, en la más profunda de las soledades, lo haremos, siempre lo hemos hecho, siempre lo podremos hacer, una e infinitas veces más.
Siempre lo podremos hacer si se quiere, o no sé, más importante aún, tal vez y, en el más estricto sentido metafísico del término, si es que se puede.
He de confesarme, apreciable lector, las manos me tiemblan y de alguna manera misteriosa, pero precisa, también el espíritu desde que comencé a pensar en escribir esto.
No sé si es emoción, enojo, desesperación, (des)esperanza, frío, hambre, alguna exaltación ontologica que aún desconozco, o nada en particular pero sea la razón que sea, que venga a bien para transmitir las ideas que me traen ebullendo las manos y haciendo explotar augurios, brújulas, faros y mapas.

A veces viene a bien un temblor sin nombre para conformar el propio.”

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