La primera vez que intenté tomar el
volante para aprender a manejar sentí que la muerte misma me miró de frente.
Sentí un vértigo proveniente de la carretera, como si ésta se terminara en cada
vuelta, como si se convirtieran en desfiladero todos los caminos. Algo tan
simple como la pendiente de una calle se volvía rascacielos detrás del
parabrisas. Me diluía en el asiento tratando de sostener el clutch en su justa
medida.
Esto es confesión y un modo de
reconciliación con lo que fui, con lo que no volveré a ser pero que fue raíz
del hechizo roto.
Pasar de los 30, intentar algo nuevo
y no querer morir en el intento no sonaba imposible (porque no lo es).
A mi nadie nunca me dijo que iba a
ser difícil, a mi nadie nunca me dijo que iba a ser fácil, a mi nadie nunca...yo
nunca nada pensé en algo que tuviera que ver con manejar (solo conducirme en
este mundo, supongo).
Jamás nunca había dejado de creer en
mi existencia a tal punto de dudar acaso que mi cuerpo era mío solo por estar
en el asiento de quien conduce una armadura impostada con neumáticos a la que
llaman coche.
Había días en que ni la mecánica ni
la física o acaso la gravedad tenían sentido.
Encendido, clutch, freno, primera,
suelta clutch des-pa-cio peroalmismotiempoelfreno, noo tantoo, ¡no tanto! Caía a pedazos la decepción
en sonidos de un coche que se apaga. Y el volante enmudecido en las manos.
Se apaga el motor y detrás de ti se
encienden los claxon como si de su rugido dependiera la vida del mundo ¿por qué decidir pasar por esto?
Memorizar los pasos hasta repetirlos
en automático…solo hay que aplicarlo en estándar. La ironía.
¿Cómo lograr no pensar en los
accidentes que brincan de las noticias? ¿Cómo no escuchar “bromas” navaja sobre
tu no saber o cómo hacer caso omiso de conductores coléricos que gritan imperfección
cuando bajas la velocidad, te rebasan un par de metros para encontrarte en el siguiente semáforo?
¿Qué se necesita para hacer frente al
terror que no permite nombrar nada?
A veces hace falta atravesar abismos,
los suficientes, para que transmuten en puentes.
Practicar, practicar y practicar,
aguantar asfixias inenarrables.
Desenmarañar dédalos con ayuda del
propio análisis para tratar de despertar de pesadillas diurnas causadas por el
sonido de un trailer pasando al costado.
Tratar de reiniciar todo, no pensar en nada y en ese instante eres
llave, motor, chispa de encendido, todo vibra bajo tus inmóviles pies, tu
respiración parece apagarse mientras intentas encontrar donde corta el clutch
(¿a quién se le ocurrió tan fabuloso término?) y de pronto avanzas como si
creyeras en los milagros. Después del intento fallido número ya perdiste la
cuenta hasta de tu propia tangencia está sucediendo. Te sacude el
cascabeleo del vacío pero no te hundes y sales a flote.
Dicen que el camino es la respuesta, pero ¿cuál era la
pregunta? Con tantas cosas terribles sucediendo en el mundo caminas solo
con lo que llamas temor ¿Cómo se explica en lenguaje de la razón que la
sinrazón se impone? ¿Cómo se encuentra el desahogo, el respiro para volver
a intentar?
Atravesar el fuego, dejar que el mar
brote a borbotones y volver a mirar por el retrovisor. Pasas de no saber qué
hiciste hasta saberte resistiendo las furias de tu mundo sentada en un coche
que sigue encendido. La calle se despliega afable, el velocímetro se mantiene,
pasas a segunda, se despiden por los espejos laterales las casas, las cuadras,
esas mismas que parecían ser de otra dimensión.
Y eres otra, el mundo es otro, ya
nada es igual y no quieres que vuelva a serlo (no podrías siquiera). Después de
cada muerte no se vuelve a la vida del mismo modo. Tercera y todo estable, no
hay repique del coche desacelerando. Por primera vez desde hace mucho la
mandíbula se relaja, los sentidos se reacomodan, el tiempo reaparece, ya no
eres del todo extraña en tus propios huesos, el sonido del motor sigue allí,
suena a que sobreviviste a ti misma.
¿Cuántos días moribundos se fueron
sin decir adiós mientras repetías ese penoso y frustrante ritual?
Por fin las avenida por delante y ya
no te falta el aire. Las luces de los semáforos vuelven a colorearse, pasan
policías viales y no sientes que el corazón parece explotar, transeúntes, motos
rebasando como abejas sin panal, todo deja de ser terrible a solo ser realmente
común.
Esperar en calles empinadas, andar en
días lluviosos, las noches de neblina, hallar lugar para estacionarse en medio
del tráfico, las horas pico en avenidas rápidas empiezas a coexistir con todo como
si fuera natural. El pie cerca del freno, el cinturón bien puesto y continuar.
Lograr re-habitarse sucede de a poco.
Puedo decir que me acompañé de mi familia, fueron lugar de refugio pero también
me rescaté en la música, apareció como talismán. Hubo canciones salvamento,
evitando que el pulso de los días se descosiera. “El amor coloca” de
Mónica Naranjo sonó a salvación del naufragio vertical. Tararee versos, allí
donde la memoria saltaba pero no obstruía la motricidad para hacer sus trazos y
dejaba la brújula a cielo abierto.
Tardé algo más de tres años en
aprender a manejar, el tiempo que necesitamos para reorganizarnos internamente
no responde a lógicas de calendario. Durante el proceso fui despojándome en
palabras del llanto que se destilaba como un conjuro contra la angustia, como
para resolver un acertijo propio lanzado en un lenguaje desconocido. Para ir
del pavor a la autoconfianza pasaron muchas cosas, tal vez solo una quizá dos,
las necesarias para hacer frente a los miedos que brotaron del camino. Hoy se
cumple un año de haber obtenido mi permiso para conducir y hasta ahora puedo
decir que vale la pena seguir intentando encontrarse mientras se llora, se ríe, se camina el
camino.