“¿De qué conjuro he de curarme?
Si la noche de mis ojos no se apaga
Y la luz de estas manos no es de ahora
Voy a hablar con este lápiz que me lacera
Y a romper con este mismo todas las hojas de mis libretas
Quizás no tengo mejores formas
Y mucho menos dolores faltos de incoherencias.
Quiero que mis letras sean confesión despiadada, siniestra y dócil.
Tanto que rompan en llanto
Tanto que convoquen al fuego.
No tengo paz, no conozco el silencio
¡No entiendo del perdón, no suplico cielos!
La palabra que me abarca y apodera
No conoce amo y desconoce al miedo
Se desvanece en tanto escribo, en tanto soy palabra, nunca anhelo.
Siempre más, quizás menos.
Dormir en hiel y soñar con un ángel desterrado.
Desbordarse con lo más voraz del trueno
Recordar lo más funesto del tormento.
Caminar con el grito de una rosa en los párpados
Para ofrecerle al poema hasta el último quebranto”.

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