Conmemorando el día de la escritora, quiero honrar a las psicoanalistas que
me anteceden, a las que día a día realizan la labor de escucha, que hacen acompañamiento ante el
dolor anímico a quien así lo requiere. Para honrarles pongo este texto y, además, quiero y pondré en el centro
de las conversaciones sus palabras, sus actos, su presencia, su existencia
desde aquel momento mismo en que esta profesión existe y existieron ellas, lo haré
siempre que pueda, porque me importan, porque puedo, porque quiero.
Hace 120 años que el psicoanálisis nació. Antes de que fuera lo que ahora conocemos,
¿qué lugar tenían las mujeres en Viena, en el mundo? Designadas al hogar, si
deseaban emprender un camino en alguna profesión probablemente serían alentadas a
desistir de esa empresa. La voz de las mujeres tenía más una forma de silencio
y de invisibilización que otra cosa, y a menos que alguna circunstancia extraordinaria
sucediera no había otro camino que seguir.
El trabajo de Freud consistió en escuchar a sus pacientes de otra manera,
desde otro lugar.
De esas escenas recordamos una figura inicial la mujer histérica, la
mujer que no sabía lo que quería.
Contemplar esa época, ahora, nos puede sonar distante, quizás hasta extraña. Ahora tenemos presente que
la escucha puede realizarse sin importar el sexo de los cuerpos, afirmamos que escuchar
las formaciones del inconsciente no tendría distingo ni por sexo ni género de
quien las enuncie y menos de quien las escuche. Pero si nos acercamos un poco más
a esto que decimos podemos encontrar que en aquel entonces de quienes se esperaba
desarrollaran esa profesión, la de la escucha psicoanalítica, eran hombres, aquellos con una
posición económica alta o al menos suficientemente estable para llevarla a cabo.
Ese entramado de condiciones eran las que determinaban esa escucha de la
mujer histérica. Era un panorama muy de esa época, sí, pero del que aún necesitamos repensar, revisar para poder desarticular, para
desencriptar al psicoanálisis de la sombra heteropatriarcal.
¿Qué hubiese pasado si Anna O., es decir Bertha Pappenheim, hubiese tenido
un lugar distinto en el mundo en esa época? Podemos suponer muchas cosas, pero lo cierto es que su historia nos hace repensar lo que se considera (im)posible o (in)esperable
para alguien que tiene un padecimiento mental, o incluso para una
mujer
Anna O., la primera paciente histérica (¿podríamos decir histórica?) de
la que se tiene registro fue atendida desde el psicoanálisis por Breuer y Freud.
Fue atendida porque presentaba un cuadro complicado de síntomas dentro de los cuales también
se vio afectado su lenguaje. Después de ese caso la técnica se delineó gracias a esa inicial "cura por la palabra". Tomar las palabras, buscar, escuchar.
Escribir es un acto y en psicoanálisis lo llevamos a cabo haciendo
escritura, haciendo escucha, de la palabra dicha y no dicha, de lo hecho, de lo
soñado, del olvido, del equívoco, del mundo visible e invisible, ese que
vamos nombrando de a poco, a tientas y cada caso uno y cada vez. Hacemos uso del
lenguaje escrito para dar cuenta de nuestro quehacer, para darle lugar a las
metáforas lenguajeras de las que somos efecto y afectamos al mismo tiempo. Nuestra
escucha en la clínica, lo que escuchamos, dicho por otras y otros en los espacios
de reflexión, de estudio, de (des)encuentro,de inflexión nos llevan a nuevos puertos, a
otras personas y pensamientos, a continuar hablando, reflexionando,
cuestionando el psicoanálisis, su práctica y también a nosotras y nosotros mismos.
Nuestra fuerza de trabajo es la escucha, el universo mnémico, el universo onírico, la(s) palabra(s).
Nuestra labor reside también en el cuidado y atención que ponemos ante cierta palabra latente,
enunciada, en la no dicha, pero, sobre todo, en la que no era esa la que se
quería decir.
La historia de las mujeres ha sido vivida generalmente desde paradigmas del mundo y del conocimiento como receptoras, pero esa historia contada ya no es vigente porque sabemos que siempre hemos estado allí, vinculándonos al acontecer del mundo
desde todas sus trincheras solo que ahora hacemos, tenemos, buscamos y nombramos
el registro de esos sucesos.
Las psicoanalistas siempre hemos formado parte del movimiento
psicoanalítico de forma activa.
Las psicoanalistas comenzaron viendo desde fuera lo que era solo un círculo
cerrado. Esa figura no perduró y a la primera oportunidad se sumaron
activamente. Aquí estamos, aquí seguiremos.
Estas líneas surgen gracias a aquellas mujeres que han insistido en su
deseo de crear con otras y otros, de creer en sí mismas, aunque el mundo les
decía que no. Estas letras van para esas mujeres en el campo del psicoanálisis,
a las que sólo conozco por sus escritos, con las que comparto camino simbólico
y a veces presencial, a las mujeres de las nuevas generaciones; por su trabajo
es que escribo esto y, aunque el canon parezca no cambiar, auguro que habrá
muchas más quienes seguirán aquí para narrar lo que sucede en el mundo anímico
y del inconsciente, eso para mí, ya es un cambio.
Por último, este texto lo dedico a Bertha Pappenheim quien puso el cuerpo,
no sólo como metáfora, sino como continente real, porque fueron sus
padecimientos los que puso en palabra, para hacerse escuchar, para decir,
decirse, hacer palabra de lo que sentía, darle camino a su sufrimiento no de
forma inerte sino como un ser parlante, hablante, habitante de la falta que
puede re-cons-tru-ir-se. Ella fue cuesta arriba contra un diagnóstico y una época.
Ahora la recordamos y la tenemos presente por su valor en sí, por hablar, por
hacerse escuchar, por crear, por existir, por insistir, por resistir.
¡Feliz día de la escritora, a todas las psicoanalistas que escriben, que con
la palabra también hacen texto y un lugar de nuevos comienzos!

