martes, 1 de marzo de 2022

Me aferro al volante como lo hago a la vida

La primera vez que intenté tomar el volante para aprender a manejar sentí que la muerte misma me miró de frente. Sentí un vértigo proveniente de la carretera, como si ésta se terminara en cada vuelta, como si se convirtieran en desfiladero todos los caminos. Algo tan simple como la pendiente de una calle se volvía rascacielos detrás del parabrisas. Me diluía en el asiento tratando de sostener el clutch en su justa medida.

Esto es confesión y un modo de reconciliación con lo que fui, con lo que no volveré a ser pero que fue raíz del hechizo roto.

Pasar de los 30, intentar algo nuevo y no querer morir en el intento no sonaba imposible (porque no lo es).

A mi nadie nunca me dijo que iba a ser difícil, a mi nadie nunca me dijo que iba a ser fácil, a mi nadie nunca...yo nunca nada pensé en algo que tuviera que ver con manejar (solo conducirme en este mundo, supongo).

Jamás nunca había dejado de creer en mi existencia a tal punto de dudar acaso que mi cuerpo era mío solo por estar en el asiento de quien conduce una armadura impostada con neumáticos a la que llaman coche.

Había días en que ni la mecánica ni la física o acaso la gravedad tenían sentido.

Encendido, clutch, freno, primera, suelta clutch des-pa-cio peroalmismotiempoelfreno,  noo tantoo, ¡no tanto! Caía a pedazos la decepción en sonidos de un coche que se apaga. Y el volante enmudecido  en las manos.

Se apaga el motor y detrás de ti se encienden los claxon como si de su rugido dependiera la vida del mundo ¿por qué decidir pasar por esto?

Memorizar los pasos hasta repetirlos en automático…solo hay que aplicarlo en estándar. La ironía.

¿Cómo lograr no pensar en los accidentes que brincan de las noticias? ¿Cómo no escuchar “bromas” navaja sobre tu no saber o cómo hacer caso omiso de conductores coléricos que gritan imperfección cuando bajas la velocidad, te rebasan un par de metros para encontrarte en el siguiente semáforo?

¿Qué se necesita para hacer frente al terror que no permite nombrar nada?

A veces hace falta atravesar abismos, los suficientes, para que transmuten en puentes.

Practicar, practicar y practicar, aguantar asfixias inenarrables.

Desenmarañar dédalos con ayuda del propio análisis para tratar de despertar de pesadillas diurnas causadas por el sonido de un trailer pasando al costado.

Tratar de reiniciar todo, no pensar en nada y en ese instante eres llave, motor, chispa de encendido, todo vibra bajo tus inmóviles pies, tu respiración parece apagarse mientras intentas encontrar donde corta el clutch (¿a quién se le ocurrió tan fabuloso término?) y de pronto avanzas como si creyeras en los milagros. Después del intento fallido número ya perdiste la cuenta hasta de tu propia tangencia está sucediendo. Te sacude el cascabeleo del vacío pero no te hundes y sales a flote.

Dicen que el camino es la respuesta, pero ¿cuál era la pregunta? Con tantas cosas terribles sucediendo en el mundo caminas solo con lo que llamas temor ¿Cómo se explica en lenguaje de la razón que la sinrazón se impone? ¿Cómo se encuentra el desahogo, el respiro para volver a intentar?

Atravesar el fuego, dejar que el mar brote a borbotones y volver a mirar por el retrovisor. Pasas de no saber qué hiciste hasta saberte resistiendo las furias de tu mundo sentada en un coche que sigue encendido. La calle se despliega afable, el velocímetro se mantiene, pasas a segunda, se despiden por los espejos laterales las casas, las cuadras, esas mismas que parecían ser de otra dimensión.

Y eres otra, el mundo es otro, ya nada es igual y no quieres que vuelva a serlo (no podrías siquiera). Después de cada muerte no se vuelve a la vida del mismo modo. Tercera y todo estable, no hay repique del coche desacelerando. Por primera vez desde hace mucho la mandíbula se relaja, los sentidos se reacomodan, el tiempo reaparece, ya no eres del todo extraña en tus propios huesos, el sonido del motor sigue allí, suena a que sobreviviste a ti misma.

¿Cuántos días moribundos se fueron sin decir adiós mientras repetías ese penoso y frustrante ritual?

Por fin las avenida por delante y ya no te falta el aire. Las luces de los semáforos vuelven a colorearse, pasan policías viales y no sientes que el corazón parece explotar, transeúntes, motos rebasando como abejas sin panal, todo deja de ser terrible a solo ser realmente común.

Esperar en calles empinadas, andar en días lluviosos, las noches de neblina, hallar lugar para estacionarse en medio del tráfico, las horas pico en avenidas rápidas empiezas a coexistir con todo como si fuera natural. El pie cerca del freno, el cinturón bien puesto y continuar.

Lograr re-habitarse sucede de a poco. Puedo decir que me acompañé de mi familia, fueron lugar de refugio pero también me rescaté en la música, apareció como talismán. Hubo canciones salvamento, evitando que el pulso de los días se descosiera. “El amor coloca” de Mónica Naranjo sonó a salvación del naufragio vertical. Tararee versos, allí donde la memoria saltaba pero no obstruía la motricidad para hacer sus trazos y dejaba la brújula a cielo abierto.

Tardé algo más de tres años en aprender a manejar, el tiempo que necesitamos para reorganizarnos internamente no responde a lógicas de calendario. Durante el proceso fui despojándome en palabras del llanto que se destilaba como un conjuro contra la angustia, como para resolver un acertijo propio lanzado en un lenguaje desconocido. Para ir del pavor a la autoconfianza pasaron muchas cosas, tal vez solo una quizá dos, las necesarias para hacer frente a los miedos que brotaron del camino. Hoy se cumple un año de haber obtenido mi permiso para conducir y hasta ahora puedo decir que vale la pena seguir intentando encontrarse mientras se llora, se ríe, se camina el camino.

 



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